Amamos la Canal Roya. Nos conmueve la Canal Roya. Entre los beneficios de la declaración de espacio natural protegido hay algunos intangibles que, probablemente, son los que más nos movilizan para su protección. Tienen que ver con las emociones y sentimientos que este valle nos despierta: plenitud, asombro, serenidad, contacto con lo Superior, arraigo, vínculo, … Tiene que ver con experiencias de bienestar emocional y físico. Con vivencias compartidas y otras en soledad.
Comenté a una buena amiga -también ecóloga- que quería orientar mi intervención en la mesa por ahí, por los intangibles, pero que no sabía cómo hacerlo. Me dijo: “yo tengo escritas en mis cuadernos unas cuantas experiencias vividas en la Canal. Te las puedo dejar para que las leas, pero sin citarme; deseo anonimato, me da pudor”.
A continuación, adelanto algunas de las vivencias de mi amiga:
“Me adentro desde el parking de Anglasé y veo el espectáculo de las hayas entrando en el pinar. ¡Cuántos juveniles colonizando el pinar, con qué vitalidad, con qué vigor! La naturaleza en cambio, la naturaleza en acción. Cambia el uso del bosque, cambia el clima y la naturaleza se reacomoda. Bien por ella. Está viva. Algunos días sintonizo con el descaro de las jóvenes hayas entrando en el bosque sin permiso y siento la fuerza de la vida en mí. Me revitalizo”.
“Me encanta sentarme sobre la capa de hojarasca e ir levantándola poco a poco para observar cómo las acículas se van transformando con los años, en ese lento transitar de hoja a humus para integrarse después con la tierra. La unión de lo orgánico y lo mineral. Todo lo bueno sale de la unión, de la unidad. El olor embriaga, claro. Arrimo mi naricita al suelo y huelo y huelo. Qué placer. Y pienso de nuevo en el ciclo interminable: tras caer las hojitas, descomposición, mineralización, y vuelta a subir arriba a formar nuevas hojas. Una y otra vez. Aunque siempre hay alguien que se escapa hacia el río. Algún fósforo, algún potasio atrevidos aprovecha la rotura del bosque, del pasto, y entre la gravedad y la escorrentía va ladera abajo escapando del ciclo”.
“Sentada sobre el pasto, miro la ladera de enfrente. Impone lo abrupta que es. Lo vertical. Y los canales de aludes tan violentos. Y las barranqueras con tremendos conos de deyección. Miro algún pinito joven, unos bojes, unos enebros que se atreven y trato de ponerme en su piel, (en su corteza, mejor). Vivir en la montaña ya debe ser duro: frío y heladas gran parte del año, poco tiempo para producir, para descomponer. Es como vivir al ralentí, muy poco a poco. Pero si, además, de vez en cuando te viene un golpe de nieve, de agua o de tierra que se te lleva por delante, debe ser ya tremendo. Pero claro, la vida, la evolución biológica es muy creativa y ha sido capaz de generar organismos adaptados a ello. Miro los bojes, los enebros rebrotadores acurrucados y surge en mí una admiración profunda por la vida. Me recuesto sobre el pasto en posición fetal y dormito un ratito. Cuando abro los ojos, la luz atraviesa la hierba que acaricia mi mejilla, una nube cruza el cielo azul, oigo el zumbido de un insecto y disfruto con este deleite de la vida”.
Estos y otros relatos de mi amiga me han llegado bien adentro. Edward O. Wilson hablaba de la biofilia para referirse a esa cercanía, ese amor hacia la naturaleza que sentimos tantos. Y no es solo la rica gama de emociones y sensaciones que despierta en nosotros. Es también que valoramos a los otros seres vivos -a los sarrios, a las chovas, a los pinos, a las festucas- por lo que son. Sin más. Porque existen. Por su valor intrínseco. Por que compartimos con ellos, con ellas, el planeta. Somos parte de un todo que funciona interaccionando, como una unidad. Cada uno es -somos- único, irrepetible. Y todos hacemos falta. Me gusta mucho la frase de Alex Richter-Boix (2022): “Deberíamos cuidar la naturaleza desinteresadamente, por su propio bien, por lo que representa, por su valor intrínseco y, egoístamente, por su belleza, una de las cosas por las que vale la pena vivir”.
No conseguiremos revertir la crisis ambiental global, ni proteger la Canal Roya y otros enclaves pirenaicos mediante argumentos que alimentan la visión utilitarista de la naturaleza, argumentos que encajan en el paradigma tecnócratico de nuestra sociedad. Sólo desde una mirada diferente, de unidad con ella, de aceptarnos como parte de ella, nuestra sociedad tendrá un futuro donde desplegar las ingentes cualidades humanas. Sólo nos realizaremos como sapiens, como personas, en amistad y armonía con la naturaleza.
Referencias:
Richter-Boix, A. (2022). El primate que cambió el mundo: Nuestra relación con la naturaleza desde las cavernas hasta hoy. GeoPlaneta.