Mi intervención en esta mesa de trabajo parte de una doble experiencia: la de guía de montaña que ha recorrido durante décadas el Pirineo a pie y la de presidente de Mountain Wilderness Catalunya, una organización comprometida con la defensa de las montañas y con la promoción de una relación respetuosa entre las personas y el territorio. Desde esa doble mirada —profesional y militante— quisiera aportar algunas reflexiones sobre los desafíos que afrontan hoy las culturas de montaña y las formas de vida vinculadas a ellas.
Las montañas han sido históricamente mucho más que un paisaje o un recurso económico. En muchas culturas han sido consideradas espacios sagrados, lugares de respeto y de límite, donde la presencia humana debía adaptarse a las condiciones del medio. Esta idea, presente en múltiples tradiciones culturales y religiosas, nos recuerda que la montaña exige una actitud de humildad y de reconocimiento de la fragilidad mutua para hacer posible una relación simbiótica sostenible. Durante siglos, las comunidades pirenaicas desarrollaron formas de vida coherentes con esta realidad: economías circulares adaptadas al territorio, movilidad lenta, aprovechamientos limitados y una cultura del esfuerzo y de la cooperación.
Sin embargo, en las últimas décadas este equilibrio se ha visto profundamente alterado. El modelo de desarrollo dominante ha tendido a transformar las montañas en espacios de consumo turístico intensivo. Grandes infraestructuras, ampliaciones de dominios esquiables o proyectos de conexión entre estaciones se presentan a menudo como inevitables o como única vía para el desarrollo económico de los territorios de montaña. Pero esta narrativa ignora tanto la fragilidad de los ecosistemas de alta montaña como las profundas transformaciones derivadas del cambio climático.
El Pirineo es hoy uno de los territorios europeos donde estos cambios se manifiestan con mayor claridad. La rápida desaparición de los glaciares pirenaicos o el aumento de las temperaturas son señales inequívocas de un proceso acelerado que cuestiona directamente la viabilidad de determinados modelos turísticos basados en la nieve . A pesar de ello, continúan impulsándose proyectos de gran impacto territorial que consumen recursos públicos y generan nuevas presiones sobre ecosistemas ya frágiles.
Ante esta situación, resulta imprescindible replantear el modelo de relación entre sociedad y montaña. Defender la conservación del Pirineo no significa oponerse a la vida en las montañas; al contrario, significa garantizar que esa vida siga siendo posible a largo plazo. Las montañas no pueden convertirse en un simple decorado o en un producto turístico sometido a dinámicas de explotación intensiva. Son territorios vivos, con valores ecológicos, culturales y sociales que requieren políticas públicas coherentes y una visión de futuro que vaya más allá del corto plazo.
En este sentido, la cultura de montaña que representan actividades como el excursionismo o el alpinismo tradicional ofrece algunas claves valiosas. Recorrer el territorio a pie, aceptar sus límites, compartir refugios y cabañas libres o asumir la responsabilidad individual frente al medio natural son prácticas que transmiten valores profundamente arraigados en la historia de las montañas: austeridad, solidaridad, respeto y autonomía. Esta cultura constituye también un patrimonio inmaterial que contribuye a mantener una relación directa y consciente con el paisaje.
El desafío que tenemos por delante es, por tanto, doble. Por un lado, conservar los ecosistemas y los paisajes del Pirineo frente a las presiones derivadas del cambio climático y de determinados modelos de desarrollo. Por otro, preservar y fortalecer las culturas de montaña que han sabido convivir históricamente con estos territorios.
Vivir en los Pirineos en el siglo XXI exige imaginar nuevas formas de desarrollo que integren conservación, economía local y calidad de vida. Esto implica apostar por modelos turísticos más diversificados y menos dependientes de grandes infraestructuras, reforzar las actividades tradicionales compatibles con el territorio y reconocer el valor social y cultural de quienes viven, trabajan y cuidan de las montañas.
En definitiva, el futuro del Pirineo dependerá de nuestra capacidad colectiva para entender que la montaña no es un recurso infinito, sino un territorio frágil y limitado que exige respeto, responsabilidad y visión a largo plazo. Solo desde esta conciencia podremos garantizar que las generaciones futuras sigan encontrando en estas montañas un espacio de libertad, cultura y vida.