Cuando hablamos de conservación del Pirineo solemos relacionarlo y abordarlo desde un punto de vista ambiental, centrándonos en la protección de espacios, paisajes y de la biodiversidad en general. Sin embargo, este análisis resulta incompleto si no incorporamos al mismo un elemento fundamental: el ser humano que ha ocupado, habitado, cuidado y utilizado este territorio desde hace más de 10.000 años. Esta presentación parte de mi experiencia personal, más de 30 años trabajando y viviendo en el Pirineo navarro (Valle de Roncal), y de mis vivencias y aprendizajes a lo largo de este tiempo, en este territorio compartido, planteando una reflexión sobre los principales desafíos para la conservación y puesta en valor de la cultura y de las formas de vida en el Pirineo.
El paisaje pirenaico actual (bosques, pastizales, glaciares, pueblos…), no es un elemento natural ajeno a la acción del ser humano, más bien es el resultado de una relación histórica entre las comunidades locales y el uso de los territorios que estas han desarrollado a lo largo de miles de años. Actividades como la ganadería extensiva, la trashumancia, la caza y la pesca, la explotación forestal, el aprovechamiento comunal de los montes, la arquitectura tradicional o las lenguas propias, han modelado el paisaje y han generado una cultura profundamente ligada al entorno. La pérdida y desaparición progresiva de estas prácticas no solo implica un empobrecimiento cultural, sino también una transformación profunda del territorio a la cual se suma la aparición y desarrollo de actividades turísticas y deportivas, así como la creación de numerosas infraestructuras “necesarias” para el desarrollo del territorio en los últimos tiempos,
Entre los principales desafíos a los que tenemos que hacer frente, el de la despoblación y el de apostar por vivir en el Pirineo, es uno de los más importantes y difíciles. Este problema está ligado al envejecimiento de la población existente, cuestión que también debemos de afrontar. Conservar las formas de vida tradicionales pasa, en primer lugar, por ofrecer y garantizar condiciones dignas para vivir: empleo estable, acceso a vivienda, servicios básicos y oportunidades para las generaciones jóvenes. Sin personas no hay cultura viva, y sin cultura viva no hay conservación posible.
La ponencia aborda también el reto de construir y desarrollar una economía de montaña compatible con el territorio. Modelos de desarrollo basados en la intensificación turística o en grandes infraestructuras suelen generar impactos sociales y ambientales que ponen en riesgo los equilibrios locales, planteando soluciones más dirigidas a las personas que nos visitan que a la población local. Frente a ello, proponemos reivindicar el valor de actividades tradicionales como la ganadería extensiva y productos asociados (queso), no solo como sector económico, sino como herramienta clave para la gestión del paisaje, la biodiversidad y la prevención de incendios. Apoyar estas actividades es una forma directa de conservar cultura y territorio.
Otro aspecto crítico es el riesgo de la folklorización: habitualmente adaptamos y convertimos la cultura de montaña en un producto simbólico o turístico desvinculado de la vida cotidiana que le da sentido. La cultura no puede reducirse a celebraciones puntuales (carnavales, fiestas o días de…) o elementos decorativos; elementos como el trabajo, las celebraciones, la lengua, la música, el baile…, son una forma de organizar, el tiempo, las relaciones sociales y el uso del espacio. Conservar la cultura implica permitir su evolución sin que se pierda su función vital.
La llegada de nuevos habitantes al Pirineo es otra cuestión para tener en consideración. Habitualmente se presenta como una oportunidad, pero también es un desafío. La convivencia entre población local y las personas nuevas que llegan, requiere diálogo, respeto mutuo y construcción comunitaria, evitando idealizaciones de la vida en la montaña y reconociendo sus límites y dificultades por parte de la población que llega y un esfuerzo de integración y acogida por parte de la población local.
Finalmente, me gustaría plantear una cuestión central: ¿quién decide el futuro del Pirineo? Las políticas y proyectos que afectan a estos territorios se plantean y deciden por personas que no conocen y que no viven en el Pirineo, sin contar en la mayoría de las ocasiones con la voz y la participación real de las comunidades locales. La conservación de la cultura y de las formas de vida en la montaña solo será posible si las personas que habitan y vienen el Pirineo son protagonistas de dichas decisiones.
Desde la experiencia acumulada durante 30 años en el Valle de Roncal, esta intervención defiende que el Pirineo tiene futuro, pero no cualquier futuro: uno que reconozca que no hay paisaje sin personas, ni conservación sin cultura viva.