El llanto en silencio y el desgarrador dolor de pueblos y valles de montaña inundados, se trasformó, gracias a la lucha de la Coordinadora de Afectados por Grandes Embalses y Trasvases (COAGRET), en indignación colectiva y en un movimiento sin precedentes de defensa del territorio y de la identidad pirenaica. Porque la protección de la montaña es consustancial a la protección del futuro y el derecho de sus habitantes a vivir en su tierra.
El primer paso fue conseguir la solidaridad de los pueblos vecinos, tanto con Artieda en la Jacetania, como con Jánovas en el Sobrarbe, con Santaliestra en la Ribagorza, y con Biscarrués en la Galliguera. La firma del Manifiesto por la Dignidad de la Montaña, en Boltaña, supuso un paso más allá de la solidaridad, al levantar un movimiento de orgullo colectivo en el que todos y todas, en los valles pirenaicos, se sentían víctimas de un trato injusto, y lloraban emocionados con la Habanera Triste de la Ronda de Boltaña.
Cuando a pesar de las masivas manifestaciones en cada una de las cuatro comarcas, el Gobierno aceleró los trámites para recrecer Yesa y construir los embalses de Biscarrués, Jánovas y Santaliestra, la huelga de hambre progresiva de 1 mes, que acabó con 20.000 aragoneses en las calles de Zaragoza, supuso un nuevo paso, transformando esa explosión de dignidad pirenaica en un movimiento ciudadano a nivel de todo Aragón, que se extendería por el Valle del Ebro, frente a la amenaza de los Trasvases, bajo la bandera de la Nueva Cultura del Agua.
Un movimiento que acabaría llegando a Bruselas, con la Marcha Azul, para bloquear los Fondos Europeos con los que el Gobierno pretendía financiar los Trasvases del Ebro y los embalses que debían almacenar las aguas a trasvasar… La lucha de COAGRET, permitió vertebrar la identidad pirenaica, uniendo pueblos y valles, para acabar liderando un movimiento ciudadano que desbordó fronteras, reivindicando ríos vivos y el derecho de los pueblos de la montaña a vivir en sus valles, en paz.