Pedro Nicolás. Compromiso deportivo con la protección de la alta montaña.

Es bastante común que, desde el mundo deportivo, ahora con múltiples caras, se llegue a considerar la montaña como un simple marco de la actividad físico-deportiva. Es comprensible la exaltación física y emocional que se produce en el dominio del esfuerzo y la técnica, sobre todos entre los jóvenes, en especial si la acción deportiva se lleva a efecto en un ambiente con los enormes atractivos de la montaña: amplitud, variedad, circunstancias cambiantes, luminosidad, panorámicas, etc… Pero es muy cierto que si no se posee un bagaje cultural previo sobre qué son de verdad las montañas el deporte puede llegar a seducir de tal modo que haga olvidar la razón mayor y mejor, es decir, la propia montaña.

Por su parte desde el mundo que vive la montaña con un enfoque más cultural, se hacen críticas, a veces fundadas, por la ignorancia de estos deportistas sobre los aspectos naturales, sociales, históricos o geográficos de la montaña, privándola de sus principales significados.

Sin embargo, en mi opinión, estas críticas parten muy a menudo del desconocimiento de las sensaciones y vivencias del deporte, y son consideradas, a su vez, por los deportistas radicales como muestra de la incapacidad de “los intelectuales” para vivir esas experiencias.

Creo, y deseo reivindicar en este foro, que las montañas sin una relación física, sin esfuerzo, sin un punto de compromiso, son menos montañas en el sentido de que no nos aportan todo su inmenso potencial. Como también, por supuesto, son menos montañas si sólo las vivimos mediante el deporte en una relación superficial sin hacer el menor esfuerzo en ahondar en el conocimiento de los elementos, fenómenos, procesos e historias de las mismas.

De la montaña hay que volver a casa físicamente cansado y mentalmente estimulado. No es verdad que el esfuerzo físico y la observación atenta y emocionada, estén reñidos. No es verdad que un itinerario exigente impida comprender las claves que explican lo sustancial de ese espacio. El compromiso y exigencia en lo físico, en orientarnos adecuadamente, en elegir bien las estrategias para la ascensión, en la audacia sensata…, hace que las montañas sean más completas y auténticas. Además, ese tipo de relación no se puede afrontar con éxito sin un atinado análisis basado en un cabal conocimiento de la naturaleza.

La montaña para aportar todo lo que ofrece, ha de obligarnos a esfuerzos y emociones primarias, actitudes cada vez más relegadas en la vida actual, pero, lo resalto, pues este es el mensaje que os deseo hacer llegar, perfectamente combinables con los estudios y análisis más rigurosos…  Esta es la gran virtud y la gran diferencia de las montañas respecto a la mayoría de las actividades físicas y deportivas. Así, para mí, es cómo la montaña alcanza su máxima dimensión y nos permite un verdadero desarrollo individual y social.

Vivir la montaña con plenas exigencias físicas, cada uno en sus posibilidades, es un tipo de comunión con este espacio que le hará parte de nuestra memoria vivencial y por ello como un bien a cuidar y mantener. Sólo falta ahora que estos deportistas, que hacen de la naturaleza cancha, comprendan la inmensa y profunda riqueza que se esconde detrás de ese espacio al que han llegado como lugar de experiencias físicas. Pero la mitad del camino, la emoción primigenia por el lugar, ya está lograda.  Resta sólo dotar de significados lo que ya conocen y aún no comprenden totalmente. Cuando eso ocurre, un proceso más o menos complicado según los casos, no resulta difícil entender que antes que el deporte en la montaña está la montaña en sí misma, pues es mucho más esencial, consistente y permanente. Y eso, pasados los ardores juveniles, es lo que aporta bienestar y armonía.

Ahora bien, me estoy refiriendo siempre a aquellos que tienen una relación directa con el medio mediante el esfuerzo y las decisiones personales. Cosa bien distinta son lo deportes de multitud dependientes de infraestructuras, que casi inevitablemente se interponen entre la sensibilidad humana y la esencia natural de las montañas.

Los montañeros simbolizamos nuestra pasión montañera en las cimas, esos reducidos y etéreos espacios inundados de luz o batidos implacablemente por los elementos. Pero si me detengo y analizo un momento ese sentimiento veo que la cima fascina no tanto por sí misma como porque para llegar a ella hemos hecho un trayecto que, partiendo del  arroyo, ha atravesado  los bosques de ribera y ladera, para salir luego, cuando este último se aclara, al matorral, más tarde al pastizal y finalmente al roquedal, hasta que, casi ingrávidos, nos sentamos en la cima y sentimos la sensación completa y profunda que produce ese viaje tan físico como moral de la ascensión a una cumbre.

Pero una montaña no es una cima. No lo confundamos. Una montaña es un sistema que incluye en interdependencia lo vivo e inerte, y es en su conjunto donde adquiere sentido y valor; es precisamente ese sistema completo, sin desgajar, el que hay que respetar y es ese sistema el que se nos ofrece para la comprensión o la emoción, haciéndonos más humanos pues nos hace comprender mejor lo que nos rodea.

Afortunadamente ya somos muchos los que, además de haber tomado conciencia del problema ambiental al que nos enfrentamos, necesitamos de modo imperioso vivir los espacios naturales. Sin ese contacto cotidiano con los orígenes, todas las comodidades y avances de mundo actual tendrían, quizás, un precio excesivo.